Naturaleza

El hongo que marchita la zarzamora y la estudiante que analiza su resistencia a los fungicidas

Estudiante del CICESE explora la resistencia de Fusarium oxysporum en zarzamora y destaca en congreso internacional

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Por Jazmín Félix

8 abril, 2026

Zarzamoras | Freepik

La zarzamora, uno de los frutos más apreciados del mercado global, enfrenta una amenaza: enfermedades causadas por hongos que comprometen su producción. En este contexto, Erisneida Campos, estudiante del Doctorado en Ciencias de la Vida del CICESE, desarrolla una investigación para entender cómo Fusarium oxysporum f. sp. mori, responsable de la marchitez, adquiere resistencia a los fungicidas y logra persistir en los cultivos.

Esta frutilla es carnosa, jugosa, dulce y aromática, y pertenece al grupo de las conocidas “berries”, que incluye también a la fresa, arándano y frambuesa. En el caso de la zarzamora, tiene un color negro profundo con matices violetas y subtonos rojizos. Si se ve a detalle, parece un racimo de uvas amalgamado: lo integran numerosos y delicados frutitos apiñados.

Su rico sabor y alto contenido en vitaminas y minerales, así como sus propiedades antioxidantes, digestivas, antiinflamatorias e inmunlógicas, con impacto positivo incluso en la salud cariovascular y los niveles de azúcar en sangre, convierten a la zarzamora en un “superfruto” deseado por el mercado mundial.

Según el Panorama Agroalimentario (SADER, 2025), México ocupa el primer lugar en la producción mundial de la frutilla, con una participación del 22 por ciento a la oferta mundial. El 90 por ciento del “superfruto” se exporta a Estados Unidos, Italia, Canadá, Reino Unido y Alemania.

El 99.7 por ciento de la oferta nacional la concentran Michoacán, Jalisco, Baja California, Sinaloa y Colima. En el caso de Baja California, ocupa la tercera posición en la producción de berries, con el 4.6 por ciento de participación en zarzamora y 2 mil 692 de tonaledas recolectadas.

Su importante valor comercial compite con su delicadeza. La recolección de la zarzamora es una labor de cuidado, debe realizarse las primeras horas de la mañana y a mano, cortarse y separarse para enseguida depositarse en un recipiente con poca capacidad para evitar que el fruto se aplaste o derrame.

Después empieza el trabajo de embalaje: la zarzamora debe ser almacenada en recipientes especiales y trasladarse a cámaras de pre-enfriado a temperaturas reguladas que favorezcan un envejecimiento lento. La cuidadosa labor sigue con el proceso de empaque y su posterior viaje por carretera hacia el destino de exportación o venta para el consumo nacional. Si algo en esa cadena falla, las pérdidas económicas pueden ser altas.

La batalla de la zarzamora por llegar a su destino no inicia ahí: el origen es el campo. Como cualquier proceso agrícola, el sembrar este fruto exige atenciones que van desde cuidado de suelo, método de riego y clima.

Sin embargo, como todo ser vivo perteneciente al reino vegetal, este arbusto de racimos violetas y jugosos intenta resistir y crecer. La baya es conocida como “sangre de titanes”, hace alusión a una raza de poderosas deidades de la mitología griega y honor a su apodo, al intentar luchar contra las inclemencias mediante un mecanismo de defensa natural: tiene ramas vigorosas y espinosas que defienden al fruto de ser comido por depredadores físicos, como animales hervíboros, y ayudan a reducir el daño físico en tallos y hojas.

Lo que no evita son las enfermedades por patógenos causadas por hongos microscópicos, visibles hasta que el daño se hace presente, como es el caso de la especie Fusarium oxysporum f. sp. mori. Este microorganismo penetra la raiz de la planta y la marchita, con posibles pérdidas de miles de héctareas.

Una investigación de la Universidad Autónoma de Chapingo de 2019 que analizó la enfermedad refiere que los primeros síntomas y daños económicos derivados del hongo fueron detectados entre 2011 y 2012, en Michoacán —entidad líder en producción de zarzamora—, y que hasta la publicación del documento se habían devastado 2 mil 500 hectáreas solamente en la zona productora de valle de Los Reyes.

Información del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) registró en 2020 que la producción y las áreas de zarzamora cosechadas en el país disminuyeron hasta 215 mil 924 toneladas y 9 mil 554 hectáreas por la pandemia de Covid-19, pero también por el Fusarium oxysporum, lo que convierte a este patógeno en una amenaza constante para la producción de zarzamora en el país.

ERISNEIDA ANALIZA LA RESISTENCIA A FUNGICIDAS DEL HONGO Y GANA PREMIO

Frente a este reto, el trabajo de Erisneida cobra relevancia a través del proyecto “Estudio de los mecanismos involucrados en la resistencia de F. oxysporumf.sp. mori a los fungicidas”, el cual se centra en responder una pregunta clave en la búsqueda del remedio para la enfermedad que afecta a la zarzamora: ¿cómo es que el hongo se vuelve resistente a los fungicidas?

Erisneida en la Fungal Genetics Conference 2026 en Pacific Grove, California.

Su investigación aborda este problema desde un modelo de adaptación experimental a corto plazo. Campos Jiménez simula en el laboratorio lo que ocurre en el campo cuando el hongo es expuesto de manera repetida a fungicidas, particularmente aquellos que actúan sobre la respiración celular.

Estos compuestos, diseñados para inhibir el crecimiento del patógeno al interferir con procesos esenciales en sus mitocondrias, han sido durante años una herramienta clave en el control de enfermedades agrícolas; sin embargo, su efectividad se ha visto comprometida por la aparición de cepas resistentes, como es el caso del Fusarium oxysporum f. sp. mori.

Los primeros resultados muestran que la exposición progresiva al fungicida con incrementos de la concentración causa que el hongo no solo desarrolle resistencia, sino que experimente cambios en algunas de sus características. A nivel celular, se identificaron modificaciones en la distribución y cantidad de mitocondrias, así como mejoras en su proliferación que se vieron evidenciadas con un crecimiento más acelerado y una mayor producción de conidios, estructuras reproductivas que facilitan su dispersión.

Estos hallazgos resultan particularmente relevantes porque sugieren que la resistencia no necesariamente implica un costo biológico para el organismo, sino que podría incluso favorecer su proliferación y, por ende, su impacto en campo.

Además, las cepas adaptadas mostraron resistencia incluso después de mantenerse por varias generaciones en ausencia de la presión del fungicida. Lo que sugiere que ya no es un cambio temporal, sino que podría implicar cambios genéticos estables en el genoma del hongo.

Los avances de este trabajo fueron presentados recientemente en la Fungal Genetics Conference 2026 en Pacific Grove, California, donde fue reconocida con un premio por tener uno de los mejores trabajos en modalidad de póster. El trabajo de Erisneida despertó el interés del evento científico, que reunió a más de 800 especialistas y estudiantes de distintas partes del mundo.

La interacción con otros especialistas le permitió recibir retroalimentación, identificar nuevas líneas de análisis y confirmar que la resistencia a fungicidas es una problemática compartida en distintos sistemas y especies.

La joven destacó que su interés por este tema no es reciente, ya que durante su trabajo de Maestría desarrolló una línea de investigación similar, enfocada en el estudio de hongos fitopatógenos y la búsqueda de alternativas de control.

A futuro, Erisneida busca dar continuidad al proyecto mediante la incorporación de herramientas bioinformáticas que le permitan analizar, a nivel transcriptómico y genómico, los cambios detectados en las cepas estudiadas. De esta manera, se espera comprender de forma más completa cómo el hongo desarrolla resistencia a los fungicidas.

“Este conocimiento será clave para diseñar estrategias de control más precisas, como el desarrollo de tratamientos combinados o enfoques que actúen sobre múltiples blancos celulares, reduciendo así la probabilidad de resistencia”, explicó.

La estudiante de Ciencias de la Vida agradeció especialmente a sus asesores, los doctores Domingo Martínez Soto y Ernestina Castro Longoria, quienes contribuyeron tanto en la orientación científica como en la preparación de su participación en el congreso.

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