Océano
Identifican dinoflagelados potencialmente tóxicos en la costa de Oaxaca
El equipo estudia florecimientos algales y las toxinas para conocer los posibles riesgos del consumo de productos marinos.
Por Jazmín Félix
21 octubre, 2026
Un mar teñido de rojo es una de las imágenes que viene a la mente cuando se habla de florecimientos algales y toxinas marinas, pero existen otras especies que viven en el fondo del mar, adheridas a las superficies de macroalgas, rocas, sedimentos y hasta en muelles, cuerdas y boyas: los dinoflagelados bentónicos.
Estos organismos son estudiados por un equipo multidisciplinario del CICESE y de la Universidad del Mar (UMAR) a través del proyecto “Estructura del ensamblaje y del microbioma de dinoflagelados bentónicos productores de toxinas en la costa sur de Oaxaca: ecología e interacciones entre especies para la evaluación de riesgos sanitarios”. En este proyecto buscan conocer las especies presentes, qué toxinas producen y qué bacterias conviven en cercanía con ellos.
La responsable del proyecto es la doctora Lorena María Durán Riveroll, investigadora por México adscrita al Departamento de Biotecnología Marina del CICESE y presidenta de la Sociedad Mexicana para el Estudio de los Florecimientos de Algales Nocivos (SOMEFAN).
“Nos interesan los dinoflagelados bentónicos porque han sido poco estudiados”, explicó la investigadora, y detalló que, para encontrarlos, tuvieron que buscar en los sitios donde pudieran adherirse.
El equipo recorrió distintos puntos de la costa oaxaqueña para realizar el muestreo, entre ellos Puerto Escondido, Santa Elena, el muelle de Puerto Ángel y otras playas. Algunas tenían demasiado oleaje y en otras las macroalgas no estaban disponibles en ese momento.
Para realizar el muestreo, se eligió Playa Panteón, ubicada en Puerto Ángel, cuyo nombre alude tanto a la cercanía del cementerio de la ciudad como a la calma de sus olas, una característica importante para aumentar la probabilidad de encontrar estos microorganismos.
En el sitio encontraron boyas y cuerdas, superficies a las que los dinoflagelados bentónicos pueden adherirse, y de ellas realizaron raspados, explicó la investigadora. También construyeron superficies artificiales con tubos de PVC y malla de mosquitero, a las que les colocaron una cuerda y una botella llena de arena como peso. Las dejaron durante 24 y 48 horas y después, en el laboratorio, revisaron qué se había adherido.
En las muestras obtenidas después de 24 horas encontraron dinoflagelados de los géneros Ostreopsis, Prorocentrum, Amphidinium y Coolia, que son reconocidos por ser productores de toxinas. En las muestras de 48 horas se encontró Gambierdiscus, un género que llamó la atención del equipo por su relación con la producción de ciguatoxinas, las toxinas causantes de la “ciguatera”, una intoxicación alimentaria que puede llegar a causar síntomas graves gastrointestinales, neurológicos o cardiovasculares.



El hallazgo es importante por lo que podría implicar para la pesca y el consumo de mariscos en la zona, pero todavía no permite hablar de una alerta sanitaria. Encontrar géneros con potencial tóxico no significa que los organismos encontrados estén produciendo toxinas, eso tendrá que comprobarse en los análisis que siguen.
Lorena comentó que una de las formas en que estas toxinas pueden llegar a los seres humanos comienza cuando un pez herbívoro se alimenta de las algas y, junto con ellas, consume los dinoflagelados adheridos. Después, ese pez puede ser consumido por otro de mayor tamaño, y las toxinas se transfieren a especies que forman parte de la pesca y del consumo humano. También pueden llegar a nosotros mediante el consumo de organismos filtradores, como muchos moluscos.
“Llega un pez que come algas, se come el alga y se come sin querer a ese microorganismo que está ahí en colonias, luego un pez carnívoro se come al pez herbívoro y las toxinas se transfieren a este. Finalmente, llegamos nosotros y pescamos ese pez carnívoro y nos lo comemos”.
Encontrar Gambierdiscus, resaltó la doctora Lorena, no significa que los organismos encontrados en Oaxaca estén produciendo ciguatoxinas. Esa es una de las cosas que todavía tienen que comprobar. Para hacerlo, necesitan obtener y mantener cultivos, producir suficiente biomasa y analizar los compuestos que producen.
“Para que yo pueda decir eso a las autoridades sanitarias, necesito probar que producen toxinas”, dijo, y añadió que la presencia de estos organismos es “una pequeña banderita roja de que hay especies que podrían ser tóxicas, pero todavía falta comprobar qué toxinas producen”.
Las muestras que llegaron al laboratorio de la Universidad del Mar, en Puerto Ángel, fueron separadas para distintos análisis. Una parte se analizó al microscopio, otra se conservó para estudios moleculares y otra se mantuvo viva para establecer cultivos.



Para estos últimos, Lorena Durán trabajó con células individuales. Separó una célula y la colocó en un recipiente independiente con la intención de que todo el cultivo posterior proviniera de ella, es decir, un clon.
No todos los organismos llegaron, algunos no soportan el transporte y otros no consiguen adaptarse a las condiciones del laboratorio. Por eso, los cultivos no representan necesariamente todo lo que existe en la playa.
Las muestras también serán analizadas mediante qPCR y metabarcoding, técnicas que permiten detectar material genético y complementar lo que pueda observarse o aislarse en el laboratorio.
El equipo también estudia las bacterias que conviven en cercanía con estos dinoflagelados y la relación que existe entre ellos.
En las muestras de Oaxaca, un estudiante de la UMAR que realizó una estancia en el CICESE, encontró una bacteria que, en pruebas de laboratorio, impidió el crecimiento de Vibrio, un grupo de bacterias que incluye patógenos de importancia para la acuicultura. Todavía falta identificar qué bacteria es y qué produce para provocar ese efecto, por lo que no se trata de un tratamiento desarrollado, pero sí de una bacteria con potencial.
Además de la doctora Lorena, por parte del CICESE participan Allan Cembella, Clara Elizabeth Galindo Sánchez, Claudia Ventura López, Edna Sánchez Castrejón † y Edgardo Sepúlveda. Por la Universidad Veracruzana, Yury Okolodkov; por la Universidad Autónoma de Guerrero, Víctor Cervantes, y como colaboradora principal por la Universidad del Mar, Alejandra Torres Ariño.
La primera etapa del proyecto está por concluir, y las actividades están en marcha. El equipo regresará a los sitios de muestreo en otra temporada para comparar las comunidades y continuará con los cultivos, los análisis moleculares, el estudio de las bacterias y la búsqueda de toxinas y otros metabolitos.
En otra etapa del proyecto, el equipo buscará trabajar con comunidades vinculadas a la pesca y la acuicultura en los sitios donde se desarrolla la investigación, mediante la comunicación de los resultados del estudio y la realización de talleres que contribuyan a identificar necesidades de monitoreo y análisis, así como a compartir información sobre organismos potencialmente tóxicos.



