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Maria Clara Arteaga: ciencia, familia, red de amistades

Investigadora del Departamento de Biología de la Conservación

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Por Norma Herrera

25 marzo, 2026

Dra. Maria Clara Arteaga

Rodeada de dibujos de amigos e hijos, de artesanías y recuerditos de más de un país, fotos de familia y especies asociadas a sus diversas investigaciones, y una vista espectacular a la bahía de Ensenada, es posible encontrar a Maria Clara Arteaga Uribe, en su cubículo.

Es colombiana, investigadora, docente, hija, hermana, amiga, esposa de Rafael Bello y madre de Máximo y Mila. Disfrutar de sus múltiples roles ha sido posible gracias a la disciplina personal, el apoyo familiar, el trabajo en equipo en casa y oficina, y una red solidaria de amistades.

Estudió biología en la Universidad de Antioquia, en su natal Medellín, donde se tituló evaluando en la amazonia colombiana los hábitos de desplazamiento y la dieta de una población de capibaras (Hydrochoerus hydrochaeris) o chigüiros –un roedor endémico de Suramérica fuertemente asociado a los cuerpos de agua.

Concluida la licenciatura, se mudó a Brasil donde obtuvo el grado de maestra en Ecología, en el Instituto Nacional de Pesquisas da Amazonia, por estudiar el efecto de la configuración del paisaje en el uso del hábitat de los armadillos, lo cual explica la colección de armadillos y capibaras que encontramos en su cubículo junto a un escritorio en ele, una computadora, un librero, un archivero y repisas donde reposan recuerdos que remiten a historias cercanas y tan lejanas como la imagen de animales prehistóricos.

“Ese es un Megatherium –apunta Maria a un cuadro con un dibujo, obsequio de un alumno–. El Megatherium era ese perezoso gigante que está atrás del mamut, ambos consumían las frutas de las yucas o izotes y eran los dispersores de sus semillas. A mí me gusta mucho la megafauna del Pleistoceno”.

Entrevistada en su cubículo, Maria Arteaga cuenta que, concluida la maestría y después de trabajar tres años para Conservation International, monitoreando mamíferos con trampas cámara –caminando kilómetros para instalarlas y regresando un mes después por los rollos fotográficos de entonces– llegó a México, a estudiar un doctorado en el Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México para profundizar en la ecología de mamíferos.

En 2007, en México, en la UNAM comenzó a usar herramientas moleculares para hurgar la historia evolutiva de las especies. En esta etapa en el instituto recibió el apoyo de varios investigadores que le permitieron avanzar y crecer como científica. “Yo me he encontrado pura gente linda en mi camino”, asegura Maria.

“En mi tesis, estudié el proceso de colonización de los armadillos de nueve bandas (Dasypus novemcinctus) a Norteamérica después de la formación del istmo de Panamá, hace aproximadamente tres millones de años. En mis estancias posdoctorales (en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas y en el Instituto de Ecología, ambos de la UNAM), exploré el efecto de la selección natural y artificial en la diversidad genética del maíz y cómo las afinidades climáticas direccionan los patrones de flujo génico entre especies que hibridizan”.

Diversidad y estructuración genética de poblaciones

El doctorado, recuerda Maria, implicó cambiar completamente de herramientas de trabajo: de hacer una ecología de campo a estudiar la variación genética de las especies en el paisaje para entender su ecología y su evolución. “Necesitamos ir al campo a colectar datos, observar los organismos, ver cómo interactúan y se distribuyen; luego, en el laboratorio, generar secuencias moleculares de muchos individuos y evaluar su variación en la computadora. Hay información que viene del campo y otra del laboratorio, pero necesitamos de ambos tipos de datos para entender los patrones ecológicos y evolutivos de las especies que estudiamos”.

Con los registros –continúa Maria–, generamos mapas y los proyectamos al pasado para entender cómo fue su distribución, y al futuro para saber cómo le irá a esta especie. La idea es conjuntar diferentes fuentes de información para poder construir una historia más integral, un rompecabezas lo más completo posible.

Las yucas son el centro de una red ecológica compleja

Al doctorado y las estancias posdoctorales, se sumó el deseo de continuar en México y buscar su nicho laboral, lo cual la trajo a Ensenada. Al CICESE ingresó como investigadora en el Departamento de Biología de la Conservación, de la División de Biología Experimental y Aplicada, el 1 de enero de 2013.

Desde entonces, Maria ha explorado cómo los factores históricos, ecológicos y antrópicos han influenciado la diversidad y estructuración genética de poblaciones de animales y plantas. Combina trabajo de campo, datos moleculares y genómicos, así como el análisis de sistemas de información geográfica para explorar preguntas de la ecología y evolución de las especies.

Mudarse de la Ciudad de México a Baja California implicó para Maria recorrer la península y explorar el territorio para hallar nuevos objetos de estudio. Así, viajando, observando, estudiando, identificó la importancia de las yucas de chaparral (Hesperoyucca spp.) e izotes (Yucca spp.), que son plantas que pueblan extensas áreas de la península y hogar, pequeños ecosistemas, de una gama diversa de artrópodos: arácnidos e insectos.

Los artrópodos dependen de las yucas para alimentarse, refugiarse, reproducirse, vivir –dice Maria Arteaga–; han coevolucionado con las plantas a lo largo de miles de años. Las yucas no son organismos aislados, sino el centro de una red ecológica compleja; por ello, debe conservarse la vegetación nativa dentro y alrededor de las ciudades, ya que mantienen comunidades de organismos que no pueden sobrevivir sin sus plantas huésped.

La Colombia de su infancia; priorizando territorios

“Fue una historia muy dura, sí. Colombia vivió un periodo de mucha violencia. Sin embargo, yo siempre la viví al margen”, recuerda Maria Clara quien vivió en la capital de la violencia, Medellín, excepto tres años, por cuestiones laborales de su padre.

En Perú, la familia Arteaga Uribe fincó residencia de 1988 a 1991. “Tenía 11 años al mudarnos y ahí me enamoré de la historia. Colombia es un país divino, pero no tiene un componente histórico tan fuerte como Perú con su imperio de los incas. Recorrimos Machu Picchu y la selva amazónica. En 1992 regresamos a Colombia y vivimos la época más crítica porque ese año mataron a Pablo Escobar. Hubo mucha violencia, pero mis papás nos cuidaban mucho –tengo dos hermanos mayores–; nunca nos pasó nada, pero vivíamos muy tensos”.

En 1994 Maria Clara llegó a la Universidad de Antioquía, una universidad pública y muy diferente del colegio pequeño y privado donde había hecho su primera etapa de educación. Frente a la disyuntiva de estudiar historia o biología, ganó el amor por la biología transmitido por una profesora. “Fue superbonito ese cambio escolar, comencé a manejarme sola y a disfrutar las salidas de campo, aunque a lugares cercanos porque seguía la ola de violencia”.

Hacia finales de la licenciatura una salida al Amazonas cautivó a Maria. “Esto está divino”, se dijo, y se fue seis meses a un lugar hermoso y retador a recabar datos para su tesis, pero “cuando llegué con mi metodología muy establecida para determinar la densidad de capibaras, no apareció ningún chigüiro. Mi familia ya había invertido mucho dinero en permitirme llegar hasta allá, así que replantee el tema de tesis siguiendo el rastro de algunas capibaras y cuantificando cuántas hierbas comían”.

Hecho el ajuste en la recabación de datos, analizados estos, escrita la tesis y graduada, Maria Clara aplicó a un curso en el Amazonas peruano financiado por una organización de estudios tropicales. Con beca en mano, se fue a Perú. “Estuve un mes con 20 estudiantes de toda Latinoamérica haciendo trabajo de campo en diferentes zonas y ahí conocí a quien sería mi director de maestría, porque ya había decidido irme a Brasil”.

En el país de la samba trabajó con armadillos. “Yo no sé qué me impulsaba a salir y estar en esos lugares tan hermosos, con tanta naturaleza. No es fácil, por el calor, los zancudos, las culebras, varios peligros. Yo, recapitulo mi vida, digo estoy viva de milagro. Viví situaciones difíciles, por ejemplo, al encontrarme con la nauyaca (serpiente venenosa), pero nunca me pasó nada”.

Entre yucas y polinizadores

Era 2005 y Maria estaba cansada. “Yo quiero un cambio de vida”, se dijo, y para el doctorado eligió México: “es cálido, colorido y me gusta mucho. Yo escogía los países por su historia y cultura, no por los investigadores. Para mí, hay dos estrategias de vida: ir atrás de las personas que estudian lo que te gusta, sin importar dónde sea, o priorizar el territorio: ir a lugares que te llenarán el alma y ahí aprender de gente que seguramente también es buena. Yo elegí países que tuviesen una cultura cálida, colorida y musical, como la mía”.

México, dice la hoy investigadora del CICESE, me ha dado todo: estudio, trabajo, familia. Estoy agradecida con este país y cada que recorro la península me digo, yo no me cambio por nadie. Yo me moví a Baja California por azares de la vida cuando una investigadora del instituto donde hacia mi doctorado puso en mi radar al CICESE al abrirse una convocatoria de investigación.

Instalada en la península, Maria empezó una búsqueda: “Vamos a encontrar un sistema que me permita explorar su evolución y ecología, así me encontré con las yucas y los polinizadores”. Pasados los años ha consolidado un bonito grupo con estudiantes. “Ahora voy al campo con ellos, que es maravilloso; algunos años no pude, por la maternidad: Max nació en 2014 y Mila en 2017. Hay que aprender a marcar tiempos y prioridades porque soy científica, investigadora, académica, pero también tengo familia. Al principio tenía cuna en la oficina y me subía al cerro con la muchachita a cuestas. Fue difícil dejarlos en guardería, pero aprendí a soltar y combinar; ya lo hago sin dolor, pero sí me atacó la culpa. Ahora mi foco es la maternidad y seguir empujando el grupo de investigación que, por suerte, cuando nacieron los niños, ya estaba caminando”.

Para avanzar paralela y simultáneamente en los proyectos familiar y académico, Maria Clara trabaja en alianza con su esposo y colega, el Dr. Rafael Bello, hoy investigador en la Facultad de Ciencias de la UABC. Así: “codirigimos tesis, trabajamos juntos en artículos, nos mantenemos en el SNII, obtenemos datos que cada uno aprovecha en su proyecto: él desde su conocimiento de la genética cuantitativa, de la estadística, de la evolución; yo, desde la ecología molecular, de la historia natural de las especies”.

- Antes hablaste de peligros en el campo, ¿libraste batallas por cuestiones de género?

–En general yo no tuve dificultades. Nunca sentí que me cerraran las puertas por ser mujer. Yo caminé tranquila, percibiendo que todo estaba bien en Colombia, Brasil, México. Yo iba construyendo, sintiéndome siempre querida, quizá no me daba cuenta de nada adverso, por ingenua.

Ya graduada del doctorado, sí tuve un inconveniente fuerte con una persona, eso tumbó la imagen que tenía de él, me dejó en shock y, entonces, supe que sí hay acosadores en la academia; gente que abusa de su poder. Aquí tuve un inconveniente porque me negaron mi sabático de la manera más arbitraria. Pero, yo siempre me voy por lo bueno; en general, el balance ha sido siempre positivo. Trabajamos muy bien en el departamento, nos apoyamos, nos respetamos; nuestra división académica es la más joven, productiva y menos conflictiva.

–¿Cómo te blindas para ser esta Maria, investigadora joven, docente, gestora de proyectos, mamá, esposa, participando en actividades de divulgación de la ciencia, hacer ejercicio?

–Yo no sé cómo me da la vida. Sí, estoy muy activa. Hay que aprovechar la energía, pero sí es agotador, llegan las 8 de la noche y yo ya no soy persona, como dicen en mi tierra. Tengo buenas amigas de la escuela de mis hijos, soy parte de un grupo de apoyo, la maternidad fue algo novedoso, no hay universidad para eso.

Me tengo que cuidar mucho, estar bien yo para poder levantar bien a mis hijos, mantener el nivel que necesito para escribir artículos, dirigir proyectos, dar mis clases; es muy complejo, sí he pasado momentos muy difíciles, pero en este momento estoy bien. Y en el CICESE hay libertad para trabajar bien.

Creo que me blindo con una buena red de amistades, cuidando la salud, siendo muy consciente de qué necesito para estar bien, y dar apoyo y una buena estructura emocional a mis hijos para que crezcan sanos y felices. Los papers… van saliendo, yo no paro, no dejo de trabajar, pero sé que, si empiezo a trabajar en un artículo hoy, va a salir en dos años.

Porque es un proceso complejo y largo y no soy solo yo, también son los alumnos. Siempre estamos generando nuevos datos para escribir los siguientes papers. Los alumnos siempre han sido muy ayudadores en este proceso, a algunos les cuesta más trabajo escribir, pero nos coordinamos, ellos hacen su parte, luego me pasan la batuta y yo reestructuro. Rocío Alamo Herrera, mi alumna de doctorado, lleva conmigo los 12 años que estoy aquí, somos equipo, próximamente daremos una charla de divulgación.

A punto de concluir esta charla, Maria Clara comparte reflexiones finales: Yo disfruto la vida. Me encanta leer, además de textos especializados, leo literatura, novela histórica; me gusta mucho bailar, escuchar música, voy a clases de cerámica para relajarme. Soy una persona muy abierta, me gusta trabajar con la gente, pero si siento que están abusando de mi confianza o no son amables conmigo, me alejo, y sí me ha pasado. Cuando quiero a la gente, lo demuestro.

Yo soy muy feliz en este país, la gente y la cultura es tan linda. Disfruto cada día de mi vida aquí. El espacio de trabajo es bueno, la naturaleza es maravillosa, ser bióloga fue la mejor decisión; muy diferente a la de mis hermanos: Andrés, psicólogo; Camilo, ingeniero. Pero ellos, al igual que mis padres, siempre me han apoyado en mis andanzas por la selva y el desierto, y les agradezco todo el apoyo porque gracias a ellos pude empezar a construir la vida que tengo hoy.

A mí se me hace muy bonita la vida, a pesar de que tiene muchas dificultades. Yo le digo a mis hijos: cuando crezcan, viajen porque la vida es tan bonita y el mundo tan grande, que no da para uno quedarse en un solo lugar.

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