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Jassiel Rodríguez: reparar, transformar, volver a hacer

Entre recuerdos del campo, el oficio de joyero y la vida familiar, el investigador comparte el camino que lo trajo al CICESE,
donde transforma residuos plásticos baterías recargables

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Jazmín Félix

25 mayo, 2026

Jassiel Rodríguez es investigador titular en el Departamento en Electrónica y Telecomunicaciones.

Creció entre los surcos del campo, el calorón sinaloense y una inusual habilidad para la joyería que lo llevó a descubrir su pasión por la ciencia y los materiales. Proviene de una familia dedicada a la agricultura y comercio, desde su bisabuelo. De pequeño, Jassiel Rodríguez jamás imaginó que su esfuerzo lo llevaría a edificar una carrera científica basada en la innovación: en transformar desechos plásticos en componentes para baterías recargables. Décadas después, y a mil 300 kilómetros de sus orígenes, el niño curioso que alguna vez fue celebra los logros del adulto que se conserva igual de interesado en comprender cómo funcionan la naturaleza y sus fenómenos.

Actualmente es investigador titular en el Departamento en Electrónica y Telecomunicaciones, coordinador del posgrado que lleva el mismo nombre y responsable del Laboratorio de Almacenamiento de Energía. Es ingeniero químico industrial por el Instituto Tecnológico de Los Mochis (ITLM), egresado del programa de maestría y doctorado del Posgrado en Ciencia e Ingeniería en Materiales por el Centro de Nanociencias y Nanotecnología (CNyN) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ubicado en Ensenada, y miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) desde hace más de 8 años.

Antes de forjar una carrera como investigador, fue un niño que, como la mayoría, soñaba con ser bombero, policía o veterinario. El camino para convertirse en investigador del CICESE todavía era largo.

En su oficina, dentro de la División de Física Aplicada, Jassiel cuenta que creció como el mayor de cuatro hijos de un matrimonio joven, en El Carrizo, Ahome, Sinaloa, una de las comunidades más fértiles de Sinaloa y líder en la producción de trigo. Pasaba largas horas del día con sus abuelos, de quienes aprendió el oficio de agricultor. Recolectaba tomate, visitaba las parcelas, curioseaba entre las plantas, tierra y raíces mientras descubría su vocación: aprender a través de la experimentación. Fue hasta la adolescencia que aquella labor de entretenimiento adquirió seriedad y empezó a recibir una remuneración por su trabajo.

Fue en esa época que desarrolló otra habilidad: el oficio de joyero. Sus padres se dedicaban a comerciar con joyería de oro y plata, lo que los llevó a asociarse con otras familias dedicadas al negocio. Lo que empezó como un trabajo de verano reveló para sus ojos conocimiento sobre extrusión de cera, fundición, soldadura, aleaciones y acabado, mientras esculpía sus habilidades para diseñar y reparar cosas.

Jassiel platica una anécdota que motiva su participación en las actividades de divulgación de la ciencia:

“Mientras trabajaba como joyero, recuerdo que una clienta llegó a recoger una pieza que debía repararse. Como aún no estaba lista, uno de mis compañeros le dijo que la humedad de las lluvias recientes afectaba la soldadura y que era necesario esperar a que el ambiente se secara. Siempre he pensado que ese comentario era absurdo, la pieza podía soldarse perfectamente en el taller en apenas diez minutos”, asegura Jassiel, y continúa con la historia:

“Sin embargo, la clienta aceptó regresar una semana después, lo que implicaba más tiempo y dinero en transporte. Desde entonces entendí la importancia de que las personas tengan acceso al conocimiento, para que no sean engañadas con tanta facilidad. Aunque no recuerdo el nombre de aquella señora, esa experiencia despertó en mí la necesidad de comunicar y explicar temas cotidianos a través de la divulgación científica”.

En esos tiempos, el investigador no solamente era un artesano curioso preocupado por aprender y enseñar a los demás, también estudiaba en el Colegio de Bachilleres del Estado de Sinaloa (COBAES) y era un joven al que le gustaba jugar futbol, lo cual le permitió conocer a muchas personas y hacer buenas amistades.

También disfrutaba practicar otros deportes como voleibol y boxeo. De este último, Jassiel destaca que aprendió dos cosas:

“La primera es que no te debes de quedar parado, los mejor es buscar oportunidades, y la segunda es que no se puede ser bueno en todo, pero puedes enfocar tus esfuerzos en mejorar ciertas habilidades para competir”.

Al recordar sus tiempos de bachiller y universitario, Jassiel comenta: “fue hasta el último semestre de preparatoria que decidí estudiar Ingeniería en Química Industrial, en el Instituto Tecnológico de Los Mochis (ITLM). También, me gustaban las carreras de informática, ingeniería civil y bioquímica, pero mi gusto por las clases de química inclinó la balanza”.

Además, comparte su experiencia como estudiante de tiempo completo, beneficio que le ayudó a enfocarse solamente en la ingeniería, aunque continuó con sus labores de campo y el oficio de joyero.

“Tuve el gusto de cursar la universidad con beca, aquel año en el que ingresé, en el ITLM tenían pocas solicitudes de beca, en cuanto me enteré de la situación fui a solicitar una. Este apoyo me ayudó bastante, porque así pasaba más horas atendiendo mis cursos que trabajando. Como universitario te puedo decir que las carreras de ingeniería son demandantes, algunos cursos son muy exigentes y sus exámenes pueden durar horas”.

La trayectoria de Jassiel dio un giro definitivo durante sus últimos semestres de licenciatura cuando se integró al Programa Delfín, un esquema de movilidad que le permitió realizar dos estancias de investigación, la primera en San Luis Potosí con el doctor Roel Cruz, en el Instituto de Metalurgia, enfocado al análisis químico de baterías primarias; y la segunda en Ensenada, con la doctora Amelia Olivas en el CNyN, en la síntesis y caracterización de catalizadores. Ambas, fueron experiencias enriquecedoras que recuerda con nostalgia.

Jassiel cuenta que, al llegar a Ensenada, la belleza de la ciudad, su clima y amable población lo cautivó, dejando atrás “el calorón” de Los Mochis para probar suerte en una nueva ciudad. Lo primero que lo impactó fueron las palmas “al estilo Hollywood, majestuosas en el boulevard costero”. Después, la educación vial de la población, muy distinta a la que él conocía: los peatones cruzaban la calle confiados sin siquiera voltear a ver a los carros, distinto a su pueblo. “Aunque al inicio no me gustaban los autos, porque allá todo es plano, pero con el tiempo le agarré cariño”, dice divertido, mientras echa un ojo a sus hijos, entretenidos en su mundo infantil.

Mientras recuerda su llegada a Ensenada, su voz se mezcla con el ruido leve de la vida cotidiana que irrumpe en medio de la entrevista.

En la oficina de Jassiel Rodríguez hay ciencia, familia y recuerdos.

—Aquí paso la mayor parte del día —dice—, así que tenía que traerme un poco de todo.

Sentado en el escritorio, en un mueble a su espalda hay tazas y figuras plásticas de estructuras moleculares, una hilera de libros que anuncia títulos como: “Álgebra de Baldor”, “Química orgánica” y “Termodinámica”, porque sabe que en lo básico radica la respuesta a casi todo en la vida y la ciencia. Un diccionario de inglés, un ejemplar de “el fuego y la palabra: una historia del movimiento zapatista”. Jassiel es más que química de materiales, artículos académicos o docencia.

También es padre de Sara, de diez años, y Evan, de ocho. Sus hijitos ululan en las sillas, son dos chiquillos entretenidos con los artefactos que resguarda el doctor en los muebles.

Evan se le acerca con algo en la mano. Jassiel lo atiende y dice en voz baja que vaya a jugar un momento; el niño asiente y regresa a su mundo.

Jassiel cuenta que fue por ellos a la escuela, en lo que su esposa acude a recogerlos. Sandra Beatriz es profesora en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), también es de Los Mochis, y estudió su Maestría y Doctorado en el CNyN, donde enfocó su tema de investigación en el tratamiento de aguas residuales. Se conocieron y enamoraron durante una sesión de posters hace catorce años. Además de compartir crianza, ambos enfocan sus carreras en hacer ciencia con conciencia ambiental.

Rato después, Beatriz llega a la oficina de su esposo, da las buenas tardes y se apresura a levantar mochilas, suéteres, algún juguete que sus hijos dejaron por ahí. Ambos se miran con complicidad.

—¿Qué vamos a comer al rato? ¿pollo asado? —pregunta Jassiel, en tono divertido. Ella ríe y sale por la puerta.

Cuando la puerta se cierra, Jassiel vuelve la mirada. Retoma la conversación como si nada, pero con una sonrisa que no estaba antes.

Con ternura, el investigador cuenta que su esposa Beatriz es el engranaje de su vida, quien lo hace aterrizar y brinda estabilidad frente al trabajo académico. Jassiel define a su esposa como su complemento.

Comenta que a veces se lleva trabajo a casa y, otras, la casa se le cuela en la oficina. La jornada se alarga entre correos, tareas escolares y la atención a estudiantes de posgrado. No hay una línea clara entre sus dos roles: el trabajo se mezcla con la vida familiar y la vida familiar se mete en el trabajo.

De vuelta en la conversación, Jassiel retoma el punto donde dejó la charla: su decisión de quedarse en Ensenada.

Al concluir el programa de movilidad, decidió no regresar a Los Mochis y estudiar la maestría y el doctorado en el posgrado en Ciencia e Ingeniería de Materiales en el CNyN de la UNAM, donde sus antecedentes de artesano germinaron en el desarrollo de nuevos materiales y la fabricación de equipos de síntesis y reactores electroquímicos. El doctor agradece a Amelia Olivas y Gabriel Alonso, quienes lo guiaron durante sus estudios de maestría y doctorado. En ellos observó la importancia de la colaboración científica, un aprendizaje que ha marcado su trabajo. Su gusto por la investigación lo llevó después a cruzar fronteras y realizó un postdoctorado en el laboratorio ViPER de la Universidad de Purdue en Estados Unidos.

En el año 2020, como investigador posdoctoral del CICESE, Jassiel inicio la instalación y consolidación del Laboratorio de Almacenamiento de Energía (LAE) como parte del grupo de energías renovables del Departamento de Electrónica y Telecomunicaciones. Desde entonces se ha enfocado en el reciclaje de residuos urbanos y agroindustriales, como los materiales plásticos, para convertirlos en componentes de baterías recargables, usando botes de basura, desechos municipales y la playa como fuente de materia prima.

Jassiel aplica una metodología para que vasos de poliestireno, botellas de bebidas, redes de pesca, espuma de poliuretano, tubos de ABS y PVC, entre otros, se transformen en un material con valor económico en la industria energética, como es el carbono grado batería adecuado, para la elaboración de electrodos de baterías recargables de iones alcalinos (como el litio). Así, a la vez tienen posibilidad de ser aplicados en procesos de remoción de contaminantes del agua, con lo que ha realizado proyectos de vinculación y colaboración con la UABC y el CNyN.

El trabajo que se realiza en el LAE no solo propone una solución tecnológica, también se sustenta en conocimiento fundamental: estudios recientes en materiales compuestos y semiconductores han permitido comprender cómo el litio interactúa con estos sistemas, revelando su alto potencial en almacenamiento de energía y sus limitaciones estructurales. A partir de este conocimiento, su investigación avanza hacia el diseño de materiales compuestos y funcionales capaces de mitigar estos efectos, con un equilibrio entre capacidad, estabilidad y durabilidad.

Jassiel puntualiza que, entre los proyectos desarrollados en el LAE, destacan aquellos con un enfoque de upcycling, un proceso para transformar residuos en recursos de alto valor. A diferencia del reciclaje convencional, en este caso los desechos —como vasos de plásticos y las espumas de polímeros— no solo tienen una segunda vida, sino que se convierten en materiales funcionales para aplicaciones energéticas.

Mediante un proceso llamado pirólisis —la descomposición de un material al aplicar calor en ausencia de oxígeno—, Jassiel transforma estos residuos en carbono, que sirve como base para sus electrodos. Así, su investigación logra un doble impacto: contribuir al desarrollo de soluciones avanzadas de almacenamiento energético y, al mismo tiempo, atender el problema ambiental asociado a los residuos plásticos.

El investigador apuesta por la química verde. En lugar de recurrir a solventes agresivos o procesos altamente contaminantes, su metodología se basa en la molienda de alta energía, un proceso físico que sustituye el uso de químicos peligrosos por fuerza mecánica. Este enfoque no solo simplifica la síntesis de materiales avanzados, sino que también reduce significativamente el impacto ambiental del proceso.

Jassiel cierra así un círculo vital: el respeto por la tierra que aprendió en los campos agrícolas de Sinaloa guía hoy sus proyectos en el CICESE. Al igual que aquel niño curioso que con precisión soldaba y reparaba joyería, hoy el Jassiel Rodríguez aplica esa misma atención al detalle para diseñar materiales y componentes para baterías recargables con un enfoque sustentable. Su meta ya no es reparar una pieza de oro, sino contribuir al desarrollo tecnológico de manera sostenible.

Vuelve a sonreír cuando recuerda reparar cosas.

—De hecho, siempre me ha gustado eso… hacer, deshacer, volver a hacer —dice—. A veces pienso que me voy a jubilar como don Aureliano Buendía, haciendo pescaditos de oro.

En Cien años de soledad, los pescaditos de oro del coronel Aureliano Buendía se vuelven un gesto repetido, casi infinito: fundir, rehacer, volver a empezar.

—Ese personaje me llegó —añade—. No por la guerra ni por todo eso… sino por eso de hacer cosas con las manos, una y otra vez.

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