Día a Día

Diez ediciones y una noche llena de preguntas

La casa abierta del CICESE, UABC y UNAM reunió a miles de personas para celebrar la pasión por el conocimiento científico

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Por Jazmín Félix

30 septiembre, 2026

Pequeños y grandes se dieron cita en el circuito de la ciencia para celebrar la noche más especial del año. Fotos: A. Macías y C. Martínez

Son las 3:00 pm y la décima edición de La Noche de las Ciencias 2026 comenzó.

Afuera del CICESE comienza a formarse una fila. Llegan familias, adolescentes, parejas, grupos de amigos. Algunos vienen desde el museo Caracol, donde salen los autobuses hacia el circuito de actividades, otros llegan por su cuenta. Antes de entrar, algunas personas revisan el programa en el celular para decidir por dónde comenzar. Quieren pulseras, extienden la mano y sonríen cuando la leyenda de La Noche de las Ciencias se cierra alrededor de su muñeca.  

“¿Qué quieres ver primero?”, pregunta una madre a su hijo, un niño de unos diez años que trae puesta una camisa de Bob Esponja en modo científico. La pregunta se repite en las bocas y gestos de la gente que llega.

Son miles de personas las que durante la tarde y la noche recorrieron el CICESE, la UABC y la UNAM para conocer una parte del trabajo científico que normalmente ocurre puertas adentro. Hay quienes llegan con una actividad en mente y quienes simplemente comienzan a caminar para dejarse sorprender.

En Ciencias de la Tierra se dialogó sobre el clima, los minerales, las diferencias entre las rocas terrestres y fragmentos de meteoritos que las y los visitantes pueden tocar y comparar. En la colección de rocas y minerales, una niña sostiene una muestra mientras escucha la explicación sobre su origen. En otro módulo, los dinoflagelados fósiles se convierten en testigos del clima del pasado.

En Física Aplicada, la luz concentra gran parte de la atención. La exposición “Lasereando con un láser” explica qué es un láser y cómo se comporta la luz. Los niños se acercan para contemplar el experimento y esperan a que el destello vuelva a revelarse.

Una adolescente acelera el paso, enerva el gesto y mira hacia adelante, con apremio.“¡Apúrate, quiero ver a los robots!”, le grita a su papá, que intenta caminar rápido, aunque también se distrae con el sinfín de explicaciones que salen de los stands. Finalmente, padre e hija toman rumbo hacia el área de laboratorios. Ella aligera el gesto apenas ve que se acercan.

Las preguntas de los asistentes saltan al aire durante toda la noche. Aquí no hay un chatbot que despeje sus dudas: hay estudiantes, investigadores y personal científico que explican, vuelven a explicar e intentan responder preguntas que no aparecen en ningún programa, pero que surgen de boca de las personas “¿Y eso para qué sirve?”, “¿qué pasa si lo tocamos?”, “¿cómo descubrieron eso?”. La conversación cara a cara es parte de la experiencia.

Conforme avanza la tarde, las filas se alargan frente a los laboratorios. Hay quienes esperan para entrar y quienes preguntan cuánto falta. Algunos niños se asoman desde atrás de sus madres y padres para intentar descubrir qué hay del otro lado de la puerta.

En el área de Oceanología hay un stand que provoca reacciones de variopinta curiosidad: asco, fascinación, ojos infantiles bien abiertos, manos que asimilan, retroceden, otras que hunden los dedos en la experiencia: es la mosca soldado negra la que se volvió todo un fenómeno entre chiquitos y grandes.

El insecto está vivo y puede observarse de cerca, tocarse y, para quienes se atreven, probarse. Primero algunos niños se acercan con cautela para extender la mano, otros dan un paso atrás, enchuecan la cara.

“¿De verdad me la puedo comer?”, pregunta un pequeño, temeroso de que le digan que sí. Otra niña agarra varias larvas sin asomo de duda y las degusta con placer, una tras otra. ¡Están crujientes y picositas”, revela el sabor a sus padres, quienes la ven, entre orgullosos y asustados.

Las y los expositores explican que las larvas de la mosca soldado negra, además de ser una fuente de proteína, pueden aprovechar residuos orgánicos como parte de un proceso de economía circular. La actividad forma parte del trabajo de la Dirección de Impulso a la Innovación y el Desarrollo (DIID) y el Programa Basura Cero del CICESE.

Con la develación del milagro de la mosca soldado negra, los asistentes hacen otra ronda de preguntas: qué comen, cuánto viven y qué pasa con los residuos que consumen. Mientras tanto, las moscas aletean tras la red de ojos y bocas frente a ellas.

Un poco más arriba, a la izquierda, el área de Acuicultura, biología y cómputo tiene su propio flujo de visitantes. Entre las actividades destaca “El increíble mundo de los pepinos de mar”, donde niñas y niños pueden acercarse a la biología de estos organismos y conocer su relación con el ambiente.

Una pequeña observa un pepino al fondo del tanque y luego voltea hacia su madre: “¿Puede comerse?”, pregunta. A la madre se le escapa una risita por el cuestionamiento de la pequeña.

La UNAM también forma parte de la noche. En el Centro de Nanociencias y Nanotecnología (CNyN) los visitantes se acercan a fenómenos relacionados con materiales, magnetismo y luz. En el espacio al que fue invitado el club de robótica Omegatec del Instituto Tecnológico de Ensenada, un pequeño robot parecido a Wall-E se mueve en una especie de baile mecánico. Las miradas infantiles se detienen. Después se acercan los adultos.

“¡Parece Wall-E!”, dice un hombre joven, pero no tan joven. Después de 2008 vinieron robots, androides, inteligencia artificial y decenas de personajes mecanizados, pero nadie olvida a Wall-E. La nueva versión del robót que parece un integrante más de los 4 Fantásticos por la estampa del “4” en su pecho, continúa con su rutina mientras alrededor se reúne más gente.

En el Instituto de Astronomía, la pregunta que se repite es: ¿hay vida fuera de la Tierra? El Laboratorio de Astrobiología recibe visitantes interesados en conocer cómo se estudian las condiciones necesarias para la vida y cómo se buscan ambientes habitables más allá de nuestro planeta.

Una mujer escucha un rato y luego pregunta lo que todos quieren saber: “¿Ya encontraron vida?”. Aunque la respuesta es no, aparecen otras interrogantes sobre dónde podría existir vida, cómo se puede buscar y qué evidencias serían necesarias para demostrarla.

Afuera comienza a oscurecer. El cielo de Ensenada se pinta de un atardecer violeta, naranja y rojo, y los telescopios empiezan a reunir a quienes buscan asomarse al paisaje. Padres y madres de familia cargan a sus pequeños para dar un vistazo: algunos dicen ver “algo”, otros aseguran que no hay nada.

La persona a cargo se encoge de hombros, “quizá más al rato se alcance a mirar algo, porque ahorita ya no van a ver ni al investigador, ya se fue”, se carcajea, viendo hacia el edificio al que apunta el telescopio. Las estrellas son caprichosas, no se sabe si se dejarán ver, pero en eso radica el encanto de aquello que estudia la ciencia.

Los visitantes comienzan a subir a los autobuses para continuar hacia la UABC. Algunos revisan una última vez el programa digital antes de subir, otros comentan lo que alcanzaron a ver y hacen cuentas sobre lo que todavía pueden visitar.

“¿Qué sigue?”, interpelan unos niños a su madre, quien luce agotada, aunque la chispa de la curiosidad también la mueva un poco. Ella responde algo y encamina a sus chiquillos al autobús que va hacia la UABC mientras cae la tarde. Todavía hay Noche de las Ciencias para rato.

Las niñas y los niños son los que más se resisten a irse, quienes exigen detenerse, quienes hacen las preguntas más inesperadas y quienes, cuando sus padres ya comienzan a pensar en volver a casa, todavía quieren saber qué habrá en el siguiente stand, y en el siguiente, y en el siguiente, qué stickers les regalarán en la otra exposición, qué especie nueva conocerán en los recorridos por los laboratorios.

Un pequeñito con sombrero de explorador va y reclama su premio en el módulo de información del acceso, pregunta si hay calcomanías; no le bastó con el sinfín de colores y nombres y especies de hongos y animales circulares que trae tapizados en el pecho. Al final, elige un libro de colorear.

Ya es tarde cuando comienzan a disminuir las filas. Los materiales se recogen poco a poco, los últimos visitantes caminan hacia los autobuses y algunos niños todavía quieren saber qué falta por ver. La décima edición casi culmina entre preguntas, experimentos, organismos, rocas, robots y estrellas.

“Nunca alcanzamos a ver todo”, se lamentan muchos.

“Debimos venir más temprano”, reclama una chica a su novio.

“Me encantó, no sabía que existiera la astrobiología”, dice una voz de mujer. La respuesta se difumina con el resto de voces y risas y pasos que se van porque La Noche de las Ciencias 2026 terminó, y volverá hasta el 2027.

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