A la memoria de Vicente Ferreira Bartrina


Septiembre 15, 1952- septiembre 28, 2017


Vinculación

 

No sé cómo empezar… es para ti, para sosegar mi alma.

Cada día que pasa el sentimiento cambia, el dolor se va disipando, la búsqueda se redirige, la aceptación, que no resignación, llega de a poco.

En nuestros primeros años juntos, cuando entusiasta cada mañana te quería contar mis sueños me decías: “escríbelos” y, para consolarme, enseguida señalabas que tenía un inconsciente muy prolífico, que serían buenas historias. Entendí el mensaje y dejé de contarte mis aventuras nocturnas, las olvidaba, como les pasa a todos, unos minutos después de nuestra primera conversación de la mañana… Quién iba a decirme que un día, hoy, escribiría sobre ti en ausencia, en triste circunstancia, inspirada en mis memorias de ti.

Hablar de tu vida y de lo compartido debería ser más fácil, pero me cuesta. En mi cabeza se agolpan, uno tras otro, pasajes memorables, pero no sé cómo ordenarlos y me debato… ¿orden cronológico?  ¿emocional?  ¡cómo salga! Perdón si me pierdo un poco.

Es complicado separar al hombre que fuiste, diferenciarlo del amigo, del esposo, del padre, del maestro, del profesor, del científico, de todos los que fuiste… tampoco puedo referirme a ti en tercera persona, escribo como si me leyeras, quizá con el secreto anhelo de que así sea.

Fue una feliz coincidencia el cruzar nuestros caminos, aunque tengo duda razonable sobre las casualidades de la vida, al menos de nuestro encuentro.  Estuvimos muy cerca sin saberlo entonces, en mi infancia. Me contaste alguna vez que en 1974 habías dormido en una avioneta en un hangar del pequeño aeropuerto de mi pueblo, que curiosamente estaba frente a mi casa cuando yo solo tenía 11 años. Muchos años después el destino haría otro intento, esta vez exitoso, aunque tampoco entonces imaginábamos que estaríamos juntos, más aún por la impresión que me causaras: un tipo insoportablemente franco, sangrón y, por si fuera poco, feo. Con el tiempo y después de algunos eventos afortunados, ese concepto cambiaría diametralmente hasta convertirse en enamoramiento. 

Eras especial, al menos para mí, casi extraordinario. Te distinguías por tu inteligencia, sencillez y generosidad. Tenías "don de gente" y eras el mismo para todos, en diferentes presentaciones. Lo pudimos constatar quienes te conocimos en cualquiera de tus múltiples facetas, particularmente aquella de amigo, con todo y tu aparente dureza y esa mente tan crítica que te caracterizaba. 

A mediados de 1990, a mi llegada a Ensenada, tú ya eras el gran Vicente, el profesor, el amigo de no pocos estudiantes de aquella época, yo era estudiante también.  Esos fueron nuestros primeros años juntos. A nuestra casa venían mis compañeros a estudiar, atraídos por las agradables y prolongadas charlas académicas que orientaban nuestro trabajo escolar. No solo era eso, también nos deleitabas con manjares culinarios que preparabas mientras nos explicabas los misterios de "la fuerza de Coriolis" o la "estandarización de datos” por citar algunos de las docenas de temas que nos ayudaste a entender, con esa facilidad con que lo hace un erudito. Estoy segura que más de uno que lee esto, tuvo esa experiencia alguna vez y fuiste así hasta el último día que estuviste entre nosotros, no hay más que recordar que te encontrabas enseñando, cuando la muerte te dio su primera estocada.

Ya desde entonces y más atrás, te fascinaron los sedimentos, particularmente si eran laminados. Desde que los descubriste, como registros pre instrumentales del tiempo, te ganaron la cabeza y el corazón. Encontrabas en ellos respuestas, pero más preguntas, decías. En esos tiempos ya usabas los términos paleoclima y cambio climático, antes que se pusiera de moda y que nos amenazara como ahora. Fuiste cautivo del avance tecnológico, te encantaban las computadoras, usabas los sistemas gratuitos antes que muchos, adoraste Linux y todo lo asociado o lo que se le pareciera, pero igual sabías de todo lo relacionado con cualquier sistema operativo y si no lo sabías lo investigabas, así era todo en tu vida, buscabas hasta encontrar, hasta descubrir la verdad. Eras un compulsivo coleccionista de “gadgets”. Desde que recuerdo, desfilaban por tu cubo numerosos investigadores y estudiantes en busca de la salvación, ya fuera para correr un programa (seguro pirata si tú lo habías conseguido) o bien para recobrar información perdida, o simplemente para repararla o aprender a usarla. 

También pasaban aquellos que buscaban consuelo, corazones rotos por penas de amores o por directores desatendidos, así de versátil eras… "Dra. corazón" te llamaban algunos y en verdad tenías un gran corazón, el mismo que te falló al final. 

Eras un profesor excepcional, te esmerabas en preparar tus clases, aún recuerdo con nostalgia la última noche de tu vida cuando estando ya en la cama, te levantaste repentinamente pues te acordaste que no habías incluido las imágenes de "los tardígrados" para tu clase, tú última clase. 

Tu ingenio, curiosidad y determinación te mantuvieron en la idea de construir tu nucleador múltiple, que por fin lograste recientemente, ya en el proyecto CIGOM pudiste concretar tu sueño. Como buen inventor, hiciste numerosos intentos hasta lograrlo... ¡Eureka! … ¡resultó!

Cuán feliz estabas cuando me mostraste a tu regreso del último crucero, las fotografías y videos del nucleador en acción a 2700 m de profundidad, tomadas también con un sistema "achicanado" de una cámara de bajo costo para esas profundidades: “nadie lo hizo antes” te ufanabas al decírmelo en secreto, y con razón. El nucleador también se lanzó a 3800 m, se recobraron muestras a esa inexplorada profundidad en esa modalidad, un gran logro para ese campo de la investigación y la técnica, lo hicieron tú y todos los que creyeron en ti.

Tu vida académica y laboral fue larga y productiva, hiciste escuela. Además tenías seguidores allende las fronteras por tus labores de técnico experto también en recolectar y en escudriñar datos, sabías sacar sus secretos, a veces sólo con observarlos. Poco te importaban los títulos académicos, ibas mucho más lejos de todo eso, se te reconoció por tu trabajo cotidiano, te esforzabas por hacerlo mejor, frecuentemente en formas alternas y baratas. De no ser porque tu salario era mucho menor al de algunos de los que ayudabas, yo no habría dudado algunas veces que todo era perfecto, pero entiendo que tú supiste valorar desde siempre la satisfacción personal, tus esfuerzos y principios estaban fuertemente orientados a compartir y a iluminar el camino de quien pasara delante de ti.

Tenías muchas formas de estar presente, algunas inesperadas, como tu participación como representante sindical, que te llevó a descubrir esa faceta de luchador social que ni tú conocías y fuiste tan entregado también en esa actividad, que te ganaste el reconocimiento de autoridades y lograste el cariño y respeto de no pocos agremiados, sobre todo de los más desprotegidos del escalafón laboral, fuiste generoso y solidario siempre.

Sobre nuestra vida en común. Lo nuestro empezó con una gran admiración de mi parte hacia ti, una que nunca perdí, me embelesaba tu conversación, todo lo que eras y hacías. Esa admiración se alimentaba cotidianamente, de seguro eso impidió que tus defectos se sobrepusieran a lo positivo, que siempre predominó. Supongo cierta reciprocidad de tu parte hacia mí, me lo hiciste sentir a veces, “me salvaste”, me dijiste varias veces al oído. Logramos un lazo de amor que trascendió la formalidad social y construimos una hermosa familia, todo ello basado en un compromiso mutuo personal y voluntario, sin ataduras. Contigo casi todo era ganancia.

Yo era "miope" decías, cuando no podía ver el mundo como tú y ocasionalmente nos enfrascábamos en cruentas discusiones de pareja, como otras, pero al final de esos días difíciles siempre hubo una caricia o alguna palabra de reencuentro, una promesa de amor para el día siguiente. 

En tu modo casero te esforzabas por dedicarnos tus mejores momentos, te encargaste siempre de organizar nuestra cocina, poco nos dejabas intervenir, eras un cocinero por excelencia y muchos de nuestros amigos también disfrutaron de tu espléndida mesa. Preparabas con mucho cariño tu delicioso pay de manzana exclusivo para nosotros; nunca olvidaré aquellos con un corazón entresacado en el centro de la cubierta, que eran los de mis cumpleaños. Detalles como ese te hacían único, buscabas hacer esas cosas para complacernos a todos en casa, pero confieso que te esmerabas conmigo. Fuiste mi gran amigo y compañero y para nuestros hijos, un padre amoroso muy singular, fuera de lo común, pues.

Tus mensajes del último crucero se resumían así, palabras más, palabras menos:

“Sueño con el día en que los dos, ya que nos estamos quedando solos, podamos, en un ejercicio de contemplación, disfrutarnos y disfrutar los atardeceres, sin prisas, sin exigencias y, despojados de toda necesidad mundana nos entreguemos suavemente y por completo al amor en silencio. Te extraño mucho Lola, ya quiero que acabe este crucero”  

Este mes de septiembre me duele mucho, desde que se acercaba ya estaba angustiada. Es el mes de tu cumpleaños y el mes en que nos dejaste ¿Cómo sobrellevarlo entre la algarabía de las fiestas patrias y del 45 aniversario? no hay manera de mantenerse ecuánime, fuerte, no hay forma de no llorar si en todo estás... sin estar.

He escrito esto en forma algo deshilvanada lo sé, ojalá no importe mucho, lo he hecho con la intención de aquietar un poco mi alma, es un pequeño tributo a tu gran personalidad, a tu memoria, a ese gran hueco (que no vacío) que me dejaste… una forma de rumiar mi pena y recordarles a todos que éste fue el día que nos dejaste, aquel fatídico jueves 28 de septiembre de hace un año. Un día como hoy, emprendiste el viaje sin retorno desde aquí mismo, desde una de las aulas que eran lugares sagrados para ti.

Te llevaron, no te fuiste por tu voluntad ¿quién puede contra la muerte inexorable cuando ésta lo ha decidido? 

No quiero celebrar la muerte en realidad, aunque algunas líneas tengan ese matiz. Quiero celebrar la vida y agradecer lo que me ha dado a través de ti y que me ha hecho la que soy. Gracias por tantas cosas de las que fuiste responsable: tu amor por mí, la felicidad de estar juntos, la crianza de los hijos, nuestro cálido hogar, los días de luz, las noches de tristeza, los pleitos cotidianos, las reconciliaciones, la cama tibia, tu rica comida, tu amor al trabajo, los amigos comunes, la ayuda desinteresada, las ilustradoras conversaciones, los paseos por el campo, la búsqueda de fósiles, la luna inmensa en tus telescopios, las lluvias de estrellas, tu música, tus cantos, los higos que cortaste para mí, los avistamientos de gronions… todo lo que no puedo poner aquí… la lista es interminable y ni cerca está de reflejar todo lo que recibí de ti.

Debo reconocer que además de irte antes de tiempo y sorpresivamente, tuviste otra falla importante: tu indiscutible procastinación de asuntos fundamentales que ahora me atormentan... pero eso no opaca en absoluto mi idea de ti, te amo igual. Intento explicármelo creyendo que dedicabas tu mente y tus acciones a mejores cosas, unas más profundas, el sentido de la vida, por ejemplo, y el descubrimiento de secretos submarinos del Golfo de México o, simplemente, ayudar a los demás.

Aún con todo eso, digo con los ojos cerrados y una mano en el corazón, gracias mi amor y gracias a la vida por haberla compartido conmigo a plenitud.

He recibido mensajes maravillosos que creo que provienen de ti, al decir esto me puedo imaginar lo que me dirías: "No Lola, los muertos no mandan mensajes, es mera casualidad, es lo que quieres creer" ¿y qué más da si así fuera? ... comparto que recibí tu mensaje, uno de esos misteriosos, lo describo a continuación.

En mayo pasado, única vez hasta ahora que he estado en tu cubo para recoger algunas de tus cosas, apabullada por encontrarme ahí ya sin ti, recorrí con triste mirada todo aquello y algo llamó mi atención, una hoja solitaria sobre tu escritorio, sobresalía. Era un escrito impreso, al final tenía la cita escrita con tu letra. Era un poema, un tristísimo poema que cobró sentido para mí a medida que lo leía. Dado que sigo en la búsqueda de respuestas, lo quise entender, como lo supones, apresurándome a pensar que era para mí. Era un presagio de tu partida, pues describe un escenario que me es muy familiar, una perfecta visión de cómo me siento ahora, cuando ha trascendido tu alma, dejando la mía desolada. 

Lo dejo como un sensible epílogo o quizá como epitafio en una lápida imaginaria, pues tus restos yacen en el mar. Te amo y te extraño como nunca y como a nadie.

Hasta siempre, Vicente.

 

Dirge without music

By Edna St. Vincent Millay

I am not resigned to the shutting away of loving hearts in the hard ground.

So it is, and so it will be, for so it has been, time out of mind:

Into the darkness they go, the wise and the lovely. Crowned

with lilies and with laurel they go, but I am not resigned.

 

Lovers and thinkers, into the earth with you.

Be one with the dull, the indiscriminate dust.

A fragment of what you felt, of what you knew,

A formula, a phrase remains, but the best is lost.

 

The answers quick and keen, the honest look, the laughter, the love,

They are gone. They have gone to feed the roses. Elegant and curled

Is the blossom. Fragrant is the blossom. I know. But I do not approve.

More precious was the light in your eyes than all the roses in the world.

 

Down, down, down into the darkness of the grave

Gently they go, the beautiful, the tender, the kind:

Quietly they go, the intelligent, the witty, the brave.

I know. But I do not approve. And I am not resigned.

Palabras clave: Vicente Ferreira

anterior